SCBWI

Society of
Children's Book Writers
and Illustrators

Entrevista con Pilar Lozano, escritora

Pilar Lozano nació en Bogotá. Gran parte de su vida profesional se ha centrado en el periodismo de investigación, con el cual ha ganado dos veces el Premio Simón Bolívar. Su primer relato fue Socaire y el capitán loco. Después ha publicado, entre otros, La laguna que volvió a nacer, Los hijos de la lluvia, Colombia, mi abuelo y yo, La estrella que le perdió el miedo a la noche, Turbel, el viento que se disfrazó de brisa, Crecimos en la guerra, e Historias de un país invisible, donde explora varias comunidades hostigadas por un conflicto armado.

La cometa (LC): Cuéntanos alguna anécdota de tu acercamiento a la literatura cuando eras niña. ¿Leías mucho o poco? ¿Alguna persona  te ayudó en el camino? ¿Algún lugar preferido para hacerlo? 

Pilar Lozano (PL): Crecí rodeada de libros y de padres y hermanos lectores. Una fortuna. Pero a mí no me alcanzaba el tiempo para quedarme quieta y sentarme a leer. Era muy brincona. Mi amor por las palabras nació de escuchar a mi hermano contar cuentos. Él me leía la historia de La Reina de las Nieves -durante mucho tiempo mi libro preferido- mientras yo saltaba golosa. Era un libro grande, de ilustraciones muy bellas, que nunca me cansé de escuchar.   

Me volví lectora autónoma a los 11, 12 años cuando llegó a mis manos El llamado de la selva, de Jack London. Me trasformó. Descubrí que podía viajar sin necesidad de moverme, dejándome llevar por historias de aventureros en tierras lejanas. Juro que conozco Alaska. El río Yukón para mí es familiar, aunque nunca he estado en ese lugar de tierras heladas. Amé a London como amé después a Conrad; saciaron mi curiosidad de adolescente y me regalaron la magia de la lectura. 

Si me ponen a elegir el mejor lugar para leer pienso en una hamaca, al lado del mar… o de un río.   

LC: Ahora que ya te tenemos leyendo en esa hamaca, piensa en un libro que te ha llegado profundo, haciendo que rieras a carcajadas, lloraras mucho o haya tenido influencia en tu forma de escribir o en los temas que tratas. 

PL: Pedro Páramo y El Llano en llamas de Rulfo. Me siguen conmoviendo. Los leo y los releo a ver si me contagio, aunque sea un poquito, de esa manera mágica de narrar.  

LC: ¿Qué te motivó a escribir tu primera obra para niños?  

PL: En uno de mis viajes como cronista viajé en un buque oceanográfico. Quedé fascinada. Me parecía mentira conocer lo que había visto solo en películas: una embarcación blanca, de tres pisos, con laboratorios llenos de instrumentos para estudiar las riquezas del mar.   

Fue todo un descubrimiento para mí. Cuando terminé de recorrer los laboratorios y rincones del barco, pensé: ¿qué sentirá un niño en un barco como este? Le pasé mi inquietud al capitán: “Los niños que viajan en un barco así deben pasar muy felices, ¿verdad?”, le dije. Él me miró muy serio y soltó la frase que me convirtió en escritora: “Nunca suben a este barco niños, ¡molestan mucho!; los oceanógrafos, como todos los científicos, necesitan silencio para trabajar”.  

Tal vez, pienso ahora, por salir en defensa de los niños brincones -como lo fui yo-, decidí, en ese mismo instante, que iba a escribir una historia de una niña que lograba, gracias a una pequeña trampa, viajar en un buque oceanográfico. Nació así Socaire y el capitán loco, mi primer libro.  

Por casualidad viajé a Boston y allí tuve tiempo para madurar esta idea. Y descubrí un mundo maravilloso: escribía, caminaba, siempre con la idea revoloteando en mi cabeza; me sentaba en los parques a corregir lo que había escrito el día anterior.  

Allí completé la primera versión del libro que estuvo luego guardado meses y meses ‘debajo del colchón’ hasta que, finalmente, pude desprenderme de párrafos, agregar otros y dejar la versión final. Descubrí el placer de saborear las palabras, de dedicar un día entero a armar una frase. Una delicia. Estaba acostumbrada al agite y la rapidez del periodismo.  

LC: A propósito de tu trabajo como periodista… ¿cómo se ve reflejado en tu obra? 

PL: “Si no hubieras sido periodista, jamás hubieras sido escritora”, me dijo un niño luego de escucharme en un taller. Cierto; mi alma y mis experiencias como periodista han marcado mi vida de escritora. Y como necesito ‘ver para creer’, como Santo Tomás, mis historias han nacido de hechos, de frases, de imágenes conocidas en mis recorridos por Colombia. Conozco rincones del país a donde muy pocos han tenido la oportunidad de llegar. Y en esos viajes se me han ido enredado los cuentos.  

La Estrella que le perdió el miedo a la noche, por ejemplo, nació de un trabajo periodístico en la Ciénaga Grande de Santa Marta, en un pueblo palafítico a donde fui para escribir sobre los problemas de los pescadores. Allí, en medio de niños que juegan todo el día en el agua, que van a la escuela y a visitar a la abuela en pequeñas canoas, encontré un niño que le tenía miedo al agua.  

De inmediato sentí ganas de escribir una historia para romper ese miedo inmenso que mantenía a ese niño acorralado. Fue difícil encontrar cómo hacerlo. Terminé comparando su miedo con el de una pequeña estrella –María Luisa- que le tiene pavor a la noche, a la oscuridad.  

Una serie de crónicas sobre las poblaciones más alejadas del país -13 sitios con nombres poéticos: Iquiacarora, Yabaraté, Atacurí, Juradó, Cabo Manglares…- me llevó a escribir Colombia, mi abuelo y yo, mi libro más conocido.  

Mis últimos libros tienen que ver con el conflicto colombiano que cubrí como periodista. Crecimos en la guerra fue el primero. Son crónicas donde los protagonistas, todos menores de 18 años, vivieron masacres, secuestros, la mal llamada limpieza social o fueron víctimas de minas antipersona o estuvieron en las filas de los grupos armados. Después escribí una novela juvenil: Era como mi sombra, una historia real de dos amigos que crecen juntos en un caserío lleno de carencias y terminan en la guerrilla. Para escribirlo eché mano de todo lo que vi y escuché en mis años de periodista en un país repleto de hombres armados.  

El último es Historias de un país invisible. Son relatos de niños que, junto a adultos soñadores, le han hecho el quite a la violencia: un colegio que le robó, por años, niños a la guerrilla; una escuela audiovisual en un pueblo disputado por todos los armados; libros ‘desamarrados’ que llegan a caseríos de una región donde aún está viva la guerra y niños que, con una forma distinta de jugar fútbol, construyen confianza en un caserío destrozado por los armados.    

Pienso que niños y jóvenes necesitan, y tienen derecho, a contar cómo han vivido el conflicto y también cómo están viviendo este camino hacia la paz en esas zonas olvidadas del país. En estos tres libros les he dado voz.    

El único de mis libros completamente alejado del periodismo es Turbel, el viento que se disfrazó de brisa. Un poema escrito por un amigo: Llora el viento/ en una nube sentando/ y su lágrimas  ruedan sobre mi mejilla…, fue el detonante. ¡Me pareció tan bella la imagen de un viento sentado en una nube! Le pedí que me regalara la idea para escribir un cuento. Y creció  la historia de un viento veloz acostumbrado a andar de afán, de un lado para otro, arrasando todo lo que encontrara en el camino. Un día siente inmensos deseos de convertirse en brisa y bajar a la tierra a hacerle cosquillas en la oreja a una niña que juega y canta mientras mira su cara reflejada en un charco.  

LC: Tratas temas difíciles, como la guerra y el desplazamiento, ¿temes abordarlos?

PL: No. Pero pienso que es difícil no caer en el panfleto, en los textos sin complejidad que se quedan en la simple anécdota. Escribir Era como mi sombra fue un proceso lento. ¡La idea me dio vueltas durante años! Desde que me acerqué como periodista a los niños soldados pensé que  quería  contar ese horror a través de una novela. Pero no me sentía lista para hacerlo.  Siempre he creído que estas historias de temas duros deben ser textos muy cuidados desde el lenguaje y los recursos literarios. Arranqué solo cuando encontré un elemento literario -el arco iris- que me permitió romper con el periodismo. 

Otro recurso literario, el ir y venir en el tiempo, me llegó sin pensar desde el primer capítulo. Como la idea era retratar esa realidad desde ellos, no desde mi mirada, el lenguaje es sencillo. Usé esa manera poética de los campesinos al hablar, su relación sabia con la naturaleza. Tomé prestadas sus palabras. 

Mis otros dos libros sobre la guerra: Crecimos en la guerra, Historias de un país invisible, son crónicas; lo difícil fue escribir para niños y jóvenes eso que había contado para adultos en los periódicos.  

LC: Parece que el efecto de la guerra en los jóvenes ha impulsado tu labor como promotora de lectura, cuéntanos un poco más cómo lo vives.

PL: Trabajo con maestros, promotores y niños. Últimamente me he enfocado mucho en la promoción de la escritura. Creo que desde pequeños nos inyectan horror a escribir. Nos hacen ver que es un oficio reservado a pocos. Y todos podemos hacerlo. Lo importante es acercarnos a ella desde pequeños; desde que cogemos un lápiz y hacemos garabatos.    

Todos tenemos historias para contar, todos podemos redactar textos coherentes… Y claro, no todos vamos a vivir del oficio de escribir. La escritura es una herramienta valiosa que, como la lectura, nos facilita la vida. Debemos dejar atrás la idea de que los niños solo escriben cuando aprenden el código del alfabeto. El niño debe crecer pensando que escribir es normal; como hablar, como leer… 

Me encanta trabajar con comunidades apartadas donde alumnos y maestros tienen menos oportunidades de acceder a capacitaciones. El año pasado tuve experiencias muy gratificantes en las Bibliotecas Móviles de Paz construidas en los sitios donde se congregaron los ex combatientes de las Farc en un primer paso a la vida civil. Trabajé con niños y exguerrilleros.    

El primer día del  taller los asistentes miraban las hojas en blanco y decían: “No se escribir”; “No me salen las palabras”. Hoy tengo guardadas en la memoria crónicas que pintan lugares fantásticos que solo conocen los que han estado en la guerra, escritos sobre sonidos que “no se pueden ver” cuando se atraviesa un páramo o la selva; cartas a una tía de la que no se sabe hace años, a una abuela ausente, al hijo, al nieto…. Y pequeños relatos sobre el miedo a las brujas que viven en los árboles, o sobre el terror que produce estar ahí en la mitad de un combate entre armados… 

LC: ¿Qué piensas sobre las escuelas o padres que buscan que los libros y cuentos tengan “valores” muy aparentes? 

PL: Que comenten un error. Los buenos libros nos tocan el alma porque nos dicen algo que logra conmovernos, y ‘ese algo’  está ahí refundido en medio del relato, sin que se note, sin que sea evidente. Un libro direccionado aburre, no tiene alma; el lector de inmediato lo siente. Uno no escribe para lograr esto o tal cosa en quien lee. Es más: a cada lector le llega un texto de manera distinta. Peleo mucho con las maestras que preguntan a sus alumnos luego de leer un libro: ¿qué enseñanza te dejó? El niño lee asustado pensando en encontrar, como sea, esa enseñanza.   

LC: Como autores sentimos curiosidad por los métodos de trabajo de los compañeros. ¿Tienes un horario específico? ¿Un lugar especial? ¿Qué haces si llega un momento cuando no sabes cómo seguir o la inspiración no fluye?  

PL: Soy un poco caótica. Hay días que amanezco con ganas de escribir en la mañana, otras en la  tarde y otras en la noche. Y también tengo días en los que no escribo ni una palabra. No me ajusto a ningún horario. Para mí es imposible decir y cumplir: mañana de 8 a 12 voy a escribir o voy a hacer tal o cual cosa.

Por eso he huido de los trabajos fijos, los que obligan a marcar tarjeta. En mis 40 años como periodista, salvo en cortos periodos de tiempo, trabajé de manera independiente. Durante más de 20 años fui corresponsal stringer en Colombia de El País de España.  

Trabajo mucho la idea inicial en la cabeza. Solo me siento frente al computador cuando ya tengo un borrador mental de la historia. Y uso técnicas de periodista: escribo todo de un tirón. Luego corrijo mucho. Me gusta jugar con las palabras, saborearlas… Es un placer. Y corrijo mucho en papel. En el computador no veo los errores.  

Cuando las ideas no fluyen tengo que huir de la ciudad… Refugiarme en el campo ojalá al lado de una quebrada, de un río.  

LC: Los libros para niños y jóvenes, además de contar una buena historia, tienen que ser atractivos y bien diseñados. En general, ¿cómo ha sido tu relación con tus editores, el equipo editorial y él o la ilustrador(a)?  

PL: Las experiencias son diferentes en cada editorial. Son pocos los buenos editores que cumplen con su trabajo de señalar dónde hay vacíos, dónde falta, dónde sobra en un texto. Y además ser capaces de adelantarse y ´ver´ como quedará el libro de acuerdo al formato, la letra, las ilustraciones, el diseño. Es muy gratificante trabajar así, en equipo. Me gustaría siempre tener al lado un buen editor. 

LC: ¿Papel o digital o los dos? ¿Por qué? 

PL: Ambos. Yo soy prehistórica, no he sido capaz de leer un libro en digital. Pero para los jóvenes que nacieron en este mundo es lo normal. Para los más pequeñitos el libro de papel es irremplazable… No se puede generar complicidad con una tableta. Se necesita el calor del papel, el ruidito al pasar la página, la picardía de podernos esconder detrás de un libro abierto… 

LC: ¿Qué libros están en el buró de tu recámara? 

PL: En este momento Asán de Vladimor Makanin y Del color de la leche de Nell Leyshon.