El juego de traducir a Sendak

Ellen Duthie, traductora de Al Otro Lado de Maurice Sendak

Sé que me gusta mucho, mucho un libro cuando de repente me sorprendo traduciéndolo por placer. El proceso de traducción me ayuda a intimar con el libro de una forma que ninguna otra lectura me permite. Me acerco a cada palabra, escucho bien cada sonido y cada silencio, me detengo en cada matiz, doy vueltas y vueltas a cada posible intención, y juego y rejuego con cada posible interpretación. Luego me alejo y veo el conjunto.  

Miro la versión original y miro la versión traducida, las leo en voz alta una y otra vez. ¿Tienen la misma tensión? ¿Duran lo mismo? ¿Pesan lo mismo? Si tuvieran volumen, ¿se sentirían igual al sostenerlas entre las manos?  

Este proceso tiene mucho más que ver con mi interés por comprender el texto y acercarme a él todo lo posible que con el deseo de producir una traducción.  

Traducir a una gran figura como Maurice Sendak supone una gran responsabilidad, que puede sentirse como presión. Esta presión se intensifica cuando leemos que el autor reescribió el texto más de cien veces y se refiere al libro como una frase musical que apenas se mantiene unida –si falla una nota, todo se cae-. ¡Ahí es nada! 

Por eso tuve mucha suerte de que en el caso de Al otro lado (Kalandraka, 2015), recién publicado por primera vez en español, mucho antes de plantearme la traducción para su publicación, me ocurriera justamente lo que describo en el primer párrafo. Mi primer acercamiento a la traducción de Outside Over There (el título original del libro) fue un ejercicio espontáneo, lleno de juego y libre de presión.  

El texto original en inglés de Outside Over Therechoca la primera vez que uno se lo encuentra: no resulta fácil encontrarle el ritmo y la cadencia. Parece a veces detenerse donde debe seguir y seguir donde debe detenerse, jugando constantemente con lo que espera el oído (si te esperas una rima, no llegará donde tú piensas que debe ir, sino cuando menos te lo esperas, un poquito después, un poquito antes, o quizás nunca). Sin embargo, con cada lectura y a medida que uno se va acercando al texto e interiorizándolo, resulta especialmente bello, hipnótico y poéticamente logrado justo en esas partes que frustraban, extrañaban y chocaban la primera vez.  

Reconocer y abrazar esta extrañeza del texto fue la primera y principal decisión de traducción que había que tomar. Sin la libertad que me dio el ejercicio inicial de jugar sin estar pensando en su publicación, pude hacer y deshacer sin temor y sin sucumbir a la posible tentación de plantear una traducción con una rima más cerrada y un ritmo más claro 

La suavidad, la elasticidad y la fluidez del texto posibilita toda la ambigüedad que contiene y la ambivalencia de las emociones que nos genera Al otro lado, un libro que completa lo que Sendak consideró una trilogía, junto a Donde viven los monstruos y La cocina de noche, sobre “cómo controlan los niños diversos sentimientos (el peligro, el aburrimiento, el miedo, la frustración, los celos) y logran entender las realidades de sus vidas” 

Este juego libre inicial me permitió intuir mejor los mecanismos de construcción de esa frase musical que apenas se mantiene unida de la que hablaba Sendak para centrarme en intentar reproducir el texto como una unidad indivisible, donde la música hace de gramática y donde el gran truco para atrapar al lector con una buena historia se ve reforzado por el truco (interesante desde el punto de vista del lenguaje y por tanto de la traducción) de estirar las frases como chicle para que el lector permanezca hipnotizado hasta la última página. Esto es una seña de identidad de los tres álbumes que conforman la trilogía. Id corriendo a leer los tres en voz alta. Veréis a qué me refiero –y juzgaréis si lo hemos conseguido-.